Texto Acolumna de opinión
El español que me dejaron en herencia
Original opinion column written for this course
[1] Durante años pedí perdón por mi español. Lo hacía antes de abrir la boca, como quien se limpia los zapatos antes de entrar en una casa ajena: «Perdona, es que mi español no es muy bueno». Nací en Toronto, hija de una madre salvadoreña y de un padre que no sabía decir más que «gracias» y «qué rico». En casa, el español era la lengua de la cocina, de las llamadas de los domingos a la abuela y de los regaños; el inglés, la de todo lo demás.
[2] Los lingüistas tienen un nombre para gente como yo: hablantes de herencia. Entendemos casi todo y hablamos con soltura sobre la comida o la familia, pero tropezamos en cuanto la conversación se aleja del salón de casa. Sabemos decir «ponte el suéter», pero no «presentar una reclamación». Y, sobre todo, cargamos con una inseguridad que nadie nos enseñó a nombrar.
[3] Esa inseguridad tiene dos caras. En Canadá, mis compañeros de clase me consideraban «la latina», y bastaba con que pronunciara bien «tortilla» para que me pidieran traducir cualquier cosa. En San Salvador, en cambio, mis primos se reían con cariño de mis frases calcadas del inglés y me llamaban «la gringuita». Demasiado hispana para un lado, demasiado extranjera para el otro: así me sentí durante buena parte de mi adolescencia.
[4] Lo curioso es que la vergüenza no vino de los desconocidos, sino de los más cercanos. Una tía, con la mejor intención, me corregía cada palabra delante de todos. Mi madre, por su parte, había decidido cuando yo era pequeña hablarme más en inglés «para que no tuviera problemas en la escuela», una decisión que muchas familias migrantes tomaron entonces y que hoy algunas lamentan. No la culpo: hizo lo que creía mejor con la información que tenía.
[5] Todo cambió a los veinte años, en un curso universitario diseñado específicamente para hablantes como yo. La profesora, una mexicana de voz pausada, empezó la primera clase con una frase que todavía llevo apuntada en la agenda: «Aquí nadie viene a aprender español desde cero; vienen a recuperar algo que ya es suyo». Por primera vez, nadie me trató como una alumna con carencias, sino como alguien con un punto de partida distinto.
[6] Aquel curso no borró mi acento ni mis anglicismos, y tampoco lo pretendía. Me dio, eso sí, herramientas: leí novelas que mi abuela habría disfrutado, escribí cartas formales sin morirme de miedo y descubrí que muchas de las palabras que mi tía corregía eran, simplemente, salvadoreñas. No estaban mal; solo sonaban distintas a las de ella.
[7] Hoy creo que la pregunta «¿hablas bien español?» está mal planteada. Nadie habla «bien» en abstracto: hablamos de forma adecuada o no para cada situación. Mi español es perfectamente adecuado para consolar a mi madre, discutir de fútbol con mi primo o pedir pupusas sin que nadie me mire raro. Para un informe técnico, todavía necesito ayuda, y no me avergüenza decirlo.
[8] Por eso he dejado de pedir perdón. Cuando alguien me pregunta de dónde viene mi forma de hablar, respondo que es la herencia de una abuela que nunca salió de su pueblo y de una niña que creció entre dos idiomas. No es un español a medias. Es el mío.