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Entre dos acentos: crecer con dos países
[1] «¿Y tú de dónde eres?». Para la mayoría de los adolescentes, esta pregunta tiene una respuesta rápida. Para Valentina Sosa, de diecisiete años, es más complicada. Nació en Rosario, Argentina, pero vive en Valencia desde los nueve. «En España me llaman “la argentina” y, cuando vuelvo a Rosario en verano, mis primos se ríen de mi acento español. A veces siento que no soy de ningún sitio», explica.
[2] Valentina no es un caso aislado. En muchos institutos españoles hay alumnos que han crecido entre dos países, dos acentos y, a menudo, dos formas de entender la familia, la comida o las fiestas. Algunos especialistas los llaman «jóvenes de tercera cultura»: no pertenecen del todo a la cultura de sus padres ni a la del país donde viven, sino que construyen una tercera, propia.
[3] Para la psicóloga Marta Ruiz Olmedo, que trabaja con adolescentes en Madrid, esta situación puede provocar inseguridad, pero también es una oportunidad. «Estos chicos suelen desarrollar una gran capacidad de adaptación. Saben cambiar de registro, entienden que hay más de una manera de hacer las cosas y suelen ser muy buenos mediadores en los conflictos», afirma. El problema, añade, aparece cuando el entorno les obliga a elegir: «Nadie debería tener que renunciar a una parte de sí mismo para ser aceptado».
[4] Daniel Quishpe, de dieciséis años, lo sabe bien. Sus padres llegaron a Madrid desde Ecuador antes de que él naciera. Durante años intentó ocultar sus raíces: no quería llevar comida ecuatoriana al colegio y nunca hablaba de sus abuelos, que viven en los Andes. «Me daba vergüenza ser diferente», reconoce. Todo cambió cuando un profesor de Historia le pidió que preparara una presentación sobre su familia. «Mis compañeros me hicieron un montón de preguntas. Por primera vez, ser diferente me pareció algo interesante, no un defecto».
[5] Hoy Daniel dirige el club de debate de su instituto y sueña con estudiar Relaciones Internacionales. Valentina, por su parte, ha encontrado su propia respuesta a la famosa pregunta: «Ahora digo que soy de Rosario y de Valencia, las dos cosas. Tomo mate por la mañana y paella los domingos. No tengo que elegir».
[6] La doctora Ruiz insiste en que las familias y los centros educativos tienen un papel clave. Recomienda celebrar las lenguas y tradiciones de origen, en lugar de esconderlas, y crear espacios donde los jóvenes puedan compartir sus historias. «La identidad no es una caja cerrada», concluye. «Es más bien una mochila: cada experiencia añade algo nuevo».